domingo, 12 de junio de 2011

Los niños de la calle (Drama) - Bitácora 13

Los niños de la calle

Escribe: Hugo Tafur
      (peruano)
En mi crónica anterior sobre problemas sociales denominada “Pirañitas”, dejé a mis personajes Beto y Julita incorporados a “los niños de la calle”, abandonados a su suerte en el vértigo monstruoso de las calles de la ciudad, donde los derechos fundamentales del niño a la vida,  a la identidad, a la integridad moral, física, psíquica y bienestar, desaparecen entre el humo que arrojan miles de vehículos motorizados o entre los pasos apresurados de individuos que van y vienen indiferentes, con una actitud egoísta del “yo primero”, muy propia del ser humano de estos tiempos.

Es en estas calles, donde por las noches, cada recoveco es un disputado aposento entre “los niños de la calle”, circunstancias en que un pedazo de cartón, plástico o costal, es un abrigo divino para paliar las noches frías y húmedas del amanecer; es ante esta vista de total abandono de nuestros niños, que nuestra alma curtida se subleva ante tan dura realidad y donde establecemos la limitación del hombre para actuar con justicia y cumplir sus propias normas y leyes, ya que falto de sensibilidad y nobleza antepone su ruindad, lo que de hecho hace inoperante cualquier disposición como: “la defensa de la persona humana y el respeto a su dignidad es el fin supremo de la sociedad y del Estado”.

El ser humano de nuestro tiempo es un ser limitado, bloqueado por el egoísmo y castrado del amor fraternal…su actitud del “yo primero”, es el riel maestro de su actuar, sobre todo si de por medio hay dinero fácil. “Por fuera, este tipo de autoridades parecen sinceros y honrados, pero por dentro, están llenos de inmundicia, hipocresía y desafuero”. Que difícil, es para el hombre ser justo…

Salí a recorrer la ciudad, en busca de temas significativos sobre los cuales escribir, realmente, no tuve que ir muy lejos, aquí a sólo tres cuadras en la avenida Pardo, un grupo de niños se disputaban una bolsa plástica con terokal. La gente que transitaba por esa arteria, los miraba despreocupada, convencida quizá “ex profeso” que nada se puede hacer. Al observar esta indiferencia, reflexioné: “posiblemente todas estas personas tienen una fe basada en La Biblia, por lo que su actitud me pareció incongruente con el espíritu del mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, el cuál, imperativamente nos anima a mantener la fibras sensibles de nuestros tiernos cariños para con nuestros hermanos, especialmente con nuestros niños…aún que nos parezca que “nada se puede hacer” por ellos.

En esta preocupación por el problema que significaba los “niños de la calle”, para una sociedad que se precie, para una ciudad que se respete, para una persona que ame a su familia, leí un caso muy conmovedor: se trataba de una niña de dos años que quedó atrapada a más de seis metros de profundidad en un pozo abandonado. Los rescatadores ocuparon 58 horas para horadar la roca sólida hasta llegar a donde se encontraba la niña. El incidente ocupó los titulares de todos los periódicos y mantuvo encogido el corazón de una nación poderosa. Todos permanecieron atentos a sus televisores hasta que por fin la pequeña salió viva de aquel agujero. Fue un final feliz; pero luego reflexioné, la difícil situación en que se encuentran “los niños de la calle”, sin hogar y sin futuro, no tiene la misma repercusión -¿a qué se debe?- quizá a que su condición está vinculada con la pobreza.

Esto parecía ser así, pues leí también, el análisis efectuado por un especialista de la Organización Mundial de la Salud – OMS, refiriéndose a la situación de los necesitados en estos términos: “Los pobres de las ciudades no son verdaderos ciudadanos de sus países, pues no tienen derechos políticos, sociales, ni económicos. Los pobres apenas son números que envejecen con rapidez y mueren jóvenes”. Esto me hizo recordar que en muchos países como en el nuestro, esta realidad es tangible.

De otro lado, muchas de estas naciones tiene limitaciones económicas o sus gobiernos no asumen verdaderos programas de ayuda a los más pobres; sin embargo, creo, que “los niños de la calle” necesitan algo más que un techo bajo el cual cobijarse. Para desandar el camino transitado y desarrollarse bien, los niños necesitan paz mental, desempeñar tareas agradables salud y confianza en si mismos. Estamos convencidos, que el problema persistirá, mientras no sea posible arreglar el sistema actual injusto, que perpetúa las condiciones que dan pie para generar niños sin hogar; para que esto se produzca, será necesario que tanto los gobiernos como los gobernados, cambien en mucho su modo de entender la pobreza. Indudablemente, a pesar de los tiempos, esta vigente, el axioma que establece que el bienestar y desarrollo económico de una nación está íntimamente ligado a la atención, educación y bienestar de los niños de ahora.

Los gobiernos deberían estar muy conscientes de esta inversión y de aquella situación que afecta la imagen de un país, la que es ver a niños que viven en las calles, así como la violencia que esta condición genera. Igualmente, las familias pobres que reciben ayuda, deberían estar dispuestas a poner de su parte un cambio sustancial de su actitud, ya que una familia va mucho mejor en sentido económico y social cuando se mantiene unida y trata de solucionar sus propios problemas. Incluso, llegado el caso, todos sus miembros hábiles podrían contribuir con su trabajo al bienestar familiar.

Los ideales enunciados en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño son muy nobles; pero cuando los confrontamos con la realidad de niños sin hogar en el mundo, parecen inalcanzables. Los pequeños parias de la sociedad que viven en condiciones verdaderamente espantosas, se estiman en cien millones y aunque la cifra no sea exacta, lo que verdaderamente debería preocuparnos es que todos los organismos y especialistas en la materia, coincidan en que el problema sigue aumentando en el mundo, sobre todo en Latinoamérica.

Por eso me pareció increíble lo que vi anoche, las personas se pasean insensible en medio de este problema, pero un momento, no estoy apuntando a que se practique la limosna con ellos, sino: “El que desprecia a su propio semejante esta pecando, pero feliz es el que está mostrando favor a los aflijidos” (Prov. 14:21). La sociedad ya no puede permitirse el lujo de permanecer indiferente ante la realidad. En cualquier parte del mundo, y en Chimbote en particular, resulta lastimoso ver a niños sin hogar por las calles, muchos degradándose día a día en el vicio y la inmoralidad, están creciendo en número y en edad, para la sociedad no puede seguir siendo cifras frías esta situación, encogerse de hombros y seguir caminando.

Reflexionemos, al crecer en estas condiciones, estos niños pueden convertirse muy pronto en personas fuera de la Ley, pronto serían una amenaza para la seguridad de cualquier comunidad; de hecho, ahora mismo, los más grandecitos ya muestran la distorsión de su personalidad con una inclinación delictiva.

Que Dios ilumine la mente de nuestro gobierno y autoridades, a fin de que pronto podamos junto con la comunidad asumir una verdadera acción en pro de la solución de este grave mal, que cual reloj inexorable de una bomba, amenaza al mundo en que vivimos y el que mañana dejaremos a nuestros hijos… ¿En qué manos?

Nota.- Todas las gráficas que ilustran el tema, han sido tomadas de internet

Chimbote, Octubre 23 de 1977
Publicada en el Diario "Las Últimas Noticias" de Chimbote
Revisada para el blogger (JAPÓN 15-20110611) Tochigi Ken

jueves, 9 de junio de 2011

Pirañitas (Drama) - Bitácora 13

 Pirañitas 

Escribe: Hugo Tafur
       (peruano)
El invierno se presenta muy crudo y en las noches, el viento arrecia castigando con furia los ranchos de una barriada marginal levantados con esteras de totora, carrizo y cartones. En una de esas humildes viviendas, tres niños duermen apretujados en un viejo camastro donde instintivamente se buscan para transmitirse un poco de calor con sus escuálidos cuerpecitos. Calor que la raída frazada con que se abrigan no puede proporcionarles; junto a ellos, recostada en una desvencijado catre, duerme a intervalos, Julia, su madre, quién vela a Juanito, el más pequeño de sus hijos que manifiesta una tos persistente, la misma que denuncia una bronquitis que no cede, pese a la medicina básica administrada, obsequio de la vecina Celia.

La humilde madre, al sentir este nuevo acceso, buscó a tientas en la oscuridad los fósforos y un cabo de vela, el cuál prende para iluminar el ambiente y calentar sus manos; por tercera vez en aquella noche, Julia quiere frotar con mentholatum el pecho del niño, más sintió que respiraba con dificultad, tenía un extraño ronquido y quemaba su cuerpecito. La pobre mujer presintiendo la gravidez de su hijo llora de impotencia y un poco para serenarse y tranquilizar a su hijo lo alza y pone entre sus labios su fláccido pecho, más el niño desiste de succionar.

El tiempo seguía pasando y los minutos caían como hojas arrancadas por el viento helado de la madrugada, Juanito empeoraba y su madre decidió ir en busca de la vecina Celia; entre las dos protegieron como mejor pudieron al enfermito, y con él a cuestas, atravesaron el arenal hasta llegar a la carretera por donde raudo pasaban los coches sin detenerse. Por fin, un camionero que las avistó las recogió y condolido los llevó muy cerca del hospital del pueblo, donde a ruegos y llanto lograron que recibieran al grávido Juanito.

Ya amanecía, cuando caminando con mucha dificultad por su estado alcoholizado se apareció el “Rengo”, pareja de Julia; retornaba al rancho entre imprecaciones de valentía, venía eufórico, motivado…como un animal en celo. Empujó la puerta de latas y en la oscuridad pidió a su mujer que prendiera la vela, al no obtener respuesta, quiso ser galante y buscó a tientas la bujía de cera y el mismo con torpeza la prendió, recién cuando iluminó el ambiente se dio cuenta que Julia no estaba. En medio de su borrachera, sintió frustración y celos… ¡Carajo!..¿Dónde, se metió la mujer? –se preguntó- y de su bolsillo posterior, sacó una botellita de ron de la cual bebió con fruición, obnubilado como estaba por el alcohol y la insatisfacción de su hambre sexual, no dejaba margen para echar de menos a su hijo y en lo que le ocurría. Juanito era su hijo, con Julia.

Los niños que dormían sin abrigo en el camastro eran sus hijastros y estaban sin su vieja frazada, porque ésta había sido usada para abrigar al niño enfermo. Estos niños no le importaban en absoluto… salvo Julita, la mayor, a quién desde hacía un tiempo, venía sometiendo a enfermizas caricias acompañadas de pequeñas propinas para ganarse su confianza y silencio. Naturalmente, la madre no sabía nada de estas torvas acciones del “Rengo”; pero quién si sospechaba que algo no estaba bien, era el pequeño Beto, ya que un día sorprendió al padrasto sometiendo a su hermanita a estas morbosas caricias. Beto, tenía apenas ocho años, pero era un niño muy despierto -las carencias y necesidades, hacen madurar muy temprano a los niños de las barriadas- ya que pese a no contar con lo indispensable, era el primer alumno de su clase, asistiendo muchas veces sin zapatos a sus clases

En aquel humilde escenario, la maldad agazapada estaba al acecho, los dientes diabólicos del alcohólico padrasto blandían como sables dispuestos al ataque; otro sorbo más de ron, desintegró la frágil contención moral de este infeliz individuo que sólo pensaba saciar sus bajos instintos. Como hiena se acercó  a la cama donde inocentes se apretujaban los hermanitos; cogió con torpeza a Julita para acomodarla a sus locos desvaríos, hecho que despertó a Beto, quién haciéndose el dormido entendió lo que pasaba sin abrir los ojos; ante tal sometimiento, Julita despertó asustada y comenzó a llorar… Beto abrió los ojos y de inmediato se bajó del camastro, acto que no fue advertido por el lujurioso borracho, y cuando se preparaba para acostarse sobre la niña, el malvado recibió un sorpresivo golpe en la cabeza -propinado por Beto-  con el fierro que trancaban la puerta del rancho; en realidad dolor no sintió el endemoniado individuo, fue la sangre que manaba a borbotones de su cabeza lo que le hizo desistir y poniéndose de pie buscó en su confusión al agresor, y patoso quiso seguirlo desistiendo rápidamente, pues los gritos despertaron y atrajeron a los vecinos. Beto, se escabulló llevándose a su hermanita. El “Rengo” asustado desapareció.

Horas más tarde, trajeron el cuerpo inerte de Juanito, los médicos nada pudieron hacer para salvarlo y murió, formando así, parte de esa cifra escalofriante de niños que mueren diariamente por falta de una política adecuada de salud en apoyo de la niñez de nuestra patria y a la pobreza extrema en que nacen y viven…con un invierno inmisericorde. La madre lloró inconsolable al hijo muerto y a los hijos perdidos.

Beto y Julita, divagaban por las calles de la ciudad juntándose con otros chicos que hacían lo mismo; tuvieron hambre y estos, más avezados, le enseñaron como robar alimentos y conseguir dinero fácil y por las noches donde dormir en un buen lugar sobre unos cartones. Finalmente, como no tener frío y olvidarse de todo inhalando “terokal”. La falta de un hogar estable, la pobreza y el abandono moral, habían incrementado a la ciudad... dos nuevos pirañitas.

Nota: Todas las gráficas que ilustran, han sido tomadas de internet

Chimbote, 08 de agosto de 1967
Publicado en el Diario Las Ultimas Noticias
Revisado para blogger (JAPÓN 14-20110609) Ashikaga Shi  

martes, 7 de junio de 2011

Zita, la panteonera (Drama) - Bitácora 13

Zita, “La Panteonera”

Escribe: Hugo Tafur
         (peruano)             
Hacía muchos años que no retornaba al pueblo... mi primera impresión fue como si todo mis recuerdos de niño se redujeran... Sus calles eran menos largas y más angostas, sus casas no eran tan altas y las distancias más cercanas; sin embargo, en muchas paredes y fachadas antiguas el tiempo se había detenido, ahí estaban todavía verticales, conservando su blanco sucio, cribadas con pequeños orificios y rajaduras donde viven arañas y saltojos que se pasean muy orondos en horas de luz cazando insectos.

Aquí en este pueblo chiquito, denominado hoy: "Llave y Puerta del Valle Chicama", vi la luz primera, aquí  vivieron mis mayores, cuyo recuerdo viene a mí con añoranza y afecto. Aquí transcurrieron mis primeros años infantiles, tiempo en que experimenté junto a mis primos, las primeras vivencias de amor fraternal, juegos, alegrías, disciplina, tristezas y miedos. Aquí en anocheceres eternos y como sobremesa, luego de las comidas, a la luz mortecina de lámparas de kerosén, escuché de mis mayores y viejos del pueblo, cientos de relatos de misterio, brujería, “alma en pena”, “aparecidos", etc., que nos ponían nerviosos al principio, pero que luego, con una explicación racional de nuestros abuelos, nuestra alma se templaba, hasta el grado de poder internarnos tarde de la noche por un cementerio y no sentir el más absoluto miedo. Por esa época, era el pasatiempo obligado, abordar en las familias este tipo de cuentos y narraciones de gran dosis de misterio, sin embargo, manifestación oral rica de esa cultura ágrafa que guarda el pueblo chicamero, alimentada por la gente de los poblados aledaños o desde las haciendas cercanas, por experiencias vividas por peones y regadores  en la soledad de los cañaverales.  

En mi caso, confieso que siendo muy niño, me daba mucho temor las historias de brujas y aparecidos que circulaban en boca de los viejos del pueblo. Tal era mi impresión, que ni de día me atrevía a pasar frente a la casa de “doña Manuelita”, una pobre anciana, de quién se decía era una “bruja finaza”; había otras y otros, que por su desconcertante forma de vida, el populacho les atribuía la cualidad de brujos, trasponiendo su fama a los pueblos aledaños y contribuyendo a cimentar el apodo de “chicameros brujos”, mote endilgado a los de mi pueblo, según escuché de los viejos, después del aquelarre secreto que hicieron los discípulos del ocultismo en el “Cerro de las Tres Cruces”. Hecho curioso, que relato en otra crónica, denominada "El Aquelarre".

Bueno, aquella tarde de mi retorno, cuando ya el Sol se despedía, "me llené de valor" y envalentonado, dejé que mi curiosidad me llevara a la casa que me hacía estremecer cuando niño; frente a ella, la observé derruida, el paso del tiempo había cobrado su precio, la puerta principal de dos hojas, una estaba entreabierta, el techo se había desplomado al ceder las vigas formando un ángulo caprichoso y estrecho; algo me impulsó a ingresar, quizá probar para mí, que había superado mis temores de niño, quise pasar por el espacio que dejaban las vigas caídas pero…unos chillidos y batir de alas me detuvieron bruscamente haciéndome caer al suelo, este hecho circunstancial me salvó de verme envuelto en medio del torbellino de la bandada de murciélagos que molestados por mi imprudencia salieron de la oscuridad en tropel. Me puse de pie estupefacto al sentir que alguien en la penumbra caminaba inclinada hacía mí, quise salir, pero ya era tarde, ahí estaba una mujer extendiéndome la mano amigablemente: “Zita, me llamo”-me dijo- mientras me alcanzaba el pañuelo que en mi confusión perdí, soy nieta de “doña Manuelita”.

La razón de mi visita al pueblo, obedecía entre otras cosas, la de visitar las tumbas de mis ancestros, incrementadas hacía poco, por la muerte de una tía-abuela muy querida. En la primera noche de mi visita y gracias a unos familiares y antiguos pobladores que me conocieron niño, tuve una velada muy amena; con ellos, conversé de todo, recordamos hechos, narraciones, personajes y locuras mil ocurridas en el pueblo... reajusté, aclaré e incrementé mis recuerdos, mientras varios “chacchaban” coca y bebían aguardiente.

Al día siguiente, me encaminé solo al “camposanto”, encontrando la puerta de rejas cerradas por una gruesa cadena y candado. Al ver a una anciana que pasaba, la saludé y le pregunté quién podría franquearme la puerta, obteniendo por toda respuesta una mirada inquisidora… una voz de mujer, a mis espaldas dijo: ¡Yo!, di la vuelta y encontré a Zita parada detrás de las rejas, solícita abrió el candado y empujó la puerta abriendo la entrada, mientras me decía con cierto orgullo: ¡Yo, soy la panteonera! Esta afirmación me pareció increíble, siempre supuse que esta ocupación era exclusiva de hombres.

Cuando ingresé al viejo cementerio, algo me pareció distinto, ¡Sí, algo era distinto! El “camposanto” había recibido el bienestar del toque femenino. Sus callejuelas tenían frente a los nichos sembradas abundantes flores naturales multicolores, ningún “difunto” había sido olvidado… miré las flores que había llevado, y no sólo me parecieron mustias en comparación a las que cultivaba Zita… sino que no eran necesarias en un jardín tan hermoso...

Poco tiempo después de mi visita, ocurrió este hecho... Un cortejo fúnebre ingreso al cementerio entre cantos y oraciones de consuelo. Una mancha de oscuras vestimentas que revoloteaban el polvo al caminar, señalaba a los dolientes. Ya frente a la sepultura se iniciaron los ritos de despedida, muchos niños miraban absortos el dolor y llanto de sus familiares y se solidarizaban con ellos en queda tristeza. Mientras ello ocurría, un rapazuelo muy vivaz, se había apartado de la comitiva y a hurtadillas se perdió por lo callejones llenos de flores, pronto alcanzó su objetivo, era el viejo convento; ahí Zita, criaba abejas, había mucha miel y comenzó a robarla de un panal. Su inocencia y temeridad lo perdió, al descubrir un panal muy jugoso se dirigió a el sin medir el peligro, las abejas al detectar al intruso salieron a defender su territorio y atacaron al niño. El rapaz corrió cuanto pudo en busca de protección dirigiéndose al cortejo fúnebre, las abejas enfurecidas atacaron a todos los dolientes que salieron en estampida fuera del cementerio abandonando a su muerto.

En el cementerio, el drama no había terminado, muy asustado el chiquillo se había  metido en el nicho vacío en el cuál iba a ser sepultado el difunto, el cual Zita de espaldas a él lo protegía del furor de las abejas, mientras ella familiarmente trataba de tranquilizarlas, hablándoles con dulzura, llamándolas hijitas. Cuando parecía que todo estaba superándose, el aterrorizado niño salió del nicho improvisadamente, Zita, comprendió en un segundo el peligro y de un salto derribó al pequeño, cubriéndolo con su cuerpo para protegerlo... enloquecidas las abejas, volvieron a la carga, zumbando amenazadoramente atacaron el cuerpo que osaba proteger al agresor, una, mil, diez mil, la colonia entera, picó el cuerpo de su protectora hasta dejarla inerme…Zita, horas después, fallecía.

Sin el cuidado amoroso de esta mujer singular, las flores de aquel viejo cementerio se marchitaron y murieron... y con ello, la colonia de abejas que moraba en el viejo convento abandonado, sin polen ni alimento, emigraron. Hoy, es un triste camposanto gris, donde la muerte se retrata con mayor soledad.   

Chicama, 8 de setiembre de 1980
Publicada en el Diario "Ültimas Noticias" de Chimbote
Revisada para el Blogger (JAPÓN 13-20110607) Ashikaga Shi

lunes, 6 de junio de 2011

El sabio y el karasu - Bitácora 13


Castillo Himeji (foto internet)
El sabio y el karasu (*)

Escribe: Hugo Tafur
         (peruano)
En la parte menos poblada de la zona antigua de Ashikaga Shi, muy cerca a la orilla del río "Watarasé", hasta hace unos años se mantenía en pie una vetusta mansión de tres pisos, cuyas paredes ennegrecidas por el tiempo habían sido invadidas por la humedad y el musgo, que dibujaban en su superficie caprichosas figuras que alucinaban fantasmas trepando por ellas; sin embargo, pese a su deterioro y aspecto sombrío, aún era posible apreciar su cautivante arquitectura, con árboles y jardines que lo conectaban al entorno natural permitiendo deducir la exquisitez de quienes la habitaron en tiempos pasados. Sin duda, había sido una hermosa estancia de verano, para descansar y tal vez pescar en las cristalinas aguas del río aledaño, rico desde siempre en peces.

Esa vieja casona, herencia de sus antepasados, fue el hogar de un octogenario anciano de quien se murmuraba que estaba loco, debido a su vida ascética y solitaria, y a los largos soliloquios en que se enfrascaba, comentando pláticas que según él sostenía con su amigo Omán, el líder de los karasus. Este anciano, había sido en otros tiempos respetado maestro  en el “alma mater” de la ciudad, era amado por sus discípulos por su sabiduría y por ser descendiente del Linaje Ashikaga según se comentaba. Quienes fueron sus discípulos, lo recordaban abordando temas coyunturales que en su lógica y reflexión se tornaban magistrales, pues su sapiencia y sabiduría los hacía brotar cautivantes. Su filosofía de vida era apabullante, por lo sencilla y práctica.  

Crisantemos (Foto internet)
Un día por la tarde, cuando el sol despedía su presencia en el cielo tiñéndolo de bronce, provisto de unas tijeras, el viejo maestro se ocupaba con mucho arte en retocar un “bonsái”, al mismo tiempo, monologaba para sí una inquietud que le preocupaba sobremanera, resultado de la conversación que había tenido con Omán la noche anterior; ésta se refería, a la creciente violencia, inmoralidad y miedo, que atenazaba al mundo, temía que esa ola transpusiera los límites del archipiélago y se cebara en su niñez y juventud, que abiertas su fronteras, se mostraran proclives a imitar y copiar  costumbres que lo alejarían de la disciplina y tradición milenaria de sus antepasados, con lo que resultarían fácil presa del espíritu maligno del mundo y la pérdida de las  virtudes que caracterizaban al pueblo japonés del honor y la dignidad. Esta amenaza, ya se había dado en otros tiempos con la llegada de los europeos, que generaron intranquilidad y desorden, terminando trágicamente con la muerte y expulsión de muchos de ellos que atentaron contra las costumbres ancestrales.

El viejo sabio no se engañaba, sus temores eran fundados, si sólo hubiera vivido unos años más habría contemplado con estupefacción, cómo esa fuerza sobrenatural imponía sus designios a los hombres más poderosos de la tierra, moviéndolos cuál juguetes a control remoto; cómo esa fuerza diabólica, cegaba la mente y la visión de los hombres haciéndolos cada día más egoístas, insensibles e inhumanos, pisoteando derechos y corrompiendo normas para imponer sus torvas ideas... usando la violencia como arma principal. El hombre, bajo este influjo, hizo del siglo XX no sólo el más sangriento de la historia humana, sino un período de violencia jamás experimentado, los hombres actuaban con saña y perversidad contra sus semejantes, matando millones. El mundo después de este período, jamás sería igual... El silbido de una tetera puesta al fuego, rompió con sus reflexiones, lo que hizo que apurara el riego de unos crisantemos y luego de encender un cigarrillo, se dispuso a tomar “ochá”, mientras saboreaba la aromática hierba, su mente otra vez se perdió en un mar de divagaciones.

Omán, el lider de los karasus (Foto internet)
Unos graznidos guturales lo sacaron de su ensimismamiento, era Omán, el líder de los karasus, que retornaba con su bandada a pasar la noche en la vieja casona y saludaba al viejo amigo... Saliendo del trance, el sabio anciano se animó e imitando el lenguaje del cuervo le respondió su saludo; desde niño, escuchando e imitando la forma y extensión variada de las señales sonoras de las aves, aprendió a comunicarse con ellas. Como todas las noches, pronto se enfrascaron en animada charla, durante la cual, el viejo maestro escuchó con mucho interés e hizo sesudas reflexiones y Omán, el karasu, le terminó de contar lo que había recibido por transmisión de sus antepasados. Ahí, el sabio maestro, se enteró que la línea descendente de su amigo Omán, llegaba hasta los karasus que sobrevivieron del diluvio universal, en el Arca de Noé. Realmente, frente a frente, estaban dos connotados personajes de estirpe.

El pináculo de aquella noche, sin embargo, ocurrió cuando Omán, el karasu, se refirió al momento crucial por la cual pasaron sus antepasados que sobrevivieron al gran diluvio universal, con el cual, el Dios del cielo, borró todo vestigio de vida en la tierra, debido a ser una generación depravada y violenta que sólo pensaba y hacía maldad todo el tiempo y que pese a las advertencias, se negaban a modificar su actuar inmoral... “Por consiguiente, Jehová vio que la maldad / del hombre abundaba en la tierra, y que toda / inclinación de los pensamientos del corazón de este / era solamente mala todo  el tiempo. / Y Jehová sintió pesar por haber..." (Génesis 6:5-7).

Anciano sabio (Foto internet)
Cuando menos lo esperaban, enfatizó Omán, los seres de aquel mundo contemplaron pasmados como la belleza de su cielo se tornaba sombría, del celeste infinito, pasó por tonalidades grises hasta fijarse en un negro amenazante. Las fauces de la justicia divina se abrían para tragarse a esa generación violenta y malvada que destruía la tierra con su perversidad... Un rayo rasgó las cortinas de los cielos y el estampido metálico de un trueno abrió cataratas de agua que inundaron la tierra, llovía días y noches interminables; muy tarde, aquella generación aviesa y torcida recordó al barbado profeta Noé de cuya advertencia se reían y burlaban llamándolo loco, no quisieron ver ni oír y he allí las consecuencias. Era muy tarde para arrepentirse.

El viejo profeta a bordo de una nave, junto a su familia y a todo género de animales, estaba a buen recaudo, flotaba sobre las aguas cuando estas cubrieron la faz de la tierra, aún sobre la cumbre más alta destruyendo toda forma de vida. Muchos días después que habían cesado las lluvias y la nave se había estabilizado en la cumbre de una montaña, uno de los karasus salvado en aquella expedición de vida, fue encomendado por Noé para explorar la superficie de la tierra (Gén. 8:7) y ver si las aguas se habían secado, el informe fue negativo. Días después –dijo Omán- este antepasado mío, quedó pasmado ante la belleza del archipiélago que renacía de las aguas, iluminado por un Sol esplendoroso, era el lugar ideal para quedarse a vivir, desde entonces, estamos en este hermoso lugar donde un día se afincaría una raza de hombres valientes y laboriosos, que unificados, fundarían el Imperio del Sol Naciente, Japón.

De un momento a otro la belleza del cielo
tornose oscuro y se desató una tormenta
(foto internet)
El suceso del diluvio universal se ha perdido en la oscuridad de los tiempos, -dijo, retomando el relato- y pese a existir evidencia irrefutable, muchos hombres han tratado de desacreditarlo considerándolo leyenda sin importancia; muy pocos escuchan la voz y menos las advertencias del Hijo de Dios, el Señor Jesús. Es evidente, que hay un espíritu de contradicción y desobediencia que impregna al mundo de hoy al igual que en los tiempos de Noé, y el cual, eclipsa los sentidos e inteligencia de los humanos, endureciendo su corazón y retrayéndolos de leer la carta escrita que el Dios del cielo les dejó, sobre sus normas y principios y su verdadero propósito para con ellos…El sabio anciano, había mantenido un actitud solemne y respetuosa, mientras su amigo Omán,  el karasu, había hablado y en silencio asintió con la cabeza y luego se puso de pie, estaba conmovido y estupefacto por lo que había escuchado.

Con pasos lentos, pensativo, el sabio anciano se acercó hasta una de las mamparas que daban paso a uno de los balcones de la casona, desde ahí contempló el discurrir sereno y límpido del río Watarasé, la Luna llena colgada en un cielo azul tachonado de estrellas se dibujaba sobre sus aguas, era hermoso lo que sus ojos veían y reflexionó: “El Dios de Omán destruyó a una generación aviesa y torcida, pero no tocó al planeta que creo para su morada, eso quiere decir que la Tierra fue creada para que el hombre sea feliz en ella...siempre y cuando, viva en paz, amando y respetando sus normas y principios. La humanidad por estos tiempos se ha olvidado de su Creador y vive de acuerdo a sus deseos egoístas, amadores de si mismos y destruyendo la Tierra, inspirado por el dios de este sistema pecaminoso. Dios, al igual que en los tiempos de Noé, no detendrá su castigo y volverá a limpiar la Tierra como morada del hombre”…mientras hacía estas cavilaciones, ensimismado, el anciano no se había percatado lo rápido que había cambiado la belleza del cielo…nubes negras y cargadas habían llegado e impedían ver la Luna y las estrellas; “un taifuu” sorpresivo había modificado el panorama y pronto se sintió su poder, rayos y truenos surcaban el firmamento con fogonazos y estampidos que remecían a la vieja casona…una lluvia intensa borró la visión del entorno inundando la ciudad, por sus calles corrían riachuelos de agua…mientras al interior de los hogares sus moradores se sobrecogían temerosos por la manifestación violenta de la naturaleza... el anciano, antes de abandonar el balcón y guarecerse, pensó para sí... si una manifestación natural nos estremece, la justa furia de Dios debe ser aterradora. 

Nota de hechos y reflexiones, que responden a la imagen, conocimiento y creatividad del autor; cualquiera coincidencia con la realidad no es pura casualidad.  

(*) Karazu: Nombre del cuervo, en el idioma japonés.                                                      

Japón-Ashikaga Shi, 13 de junio de 2006
Archivo BITACORA 13 (JAPÓN 12-20060613)
                        

domingo, 5 de junio de 2011

¡Torreja!..Retorno al puerto (Pesca) - Bitácora 13

¡Torreja!..Retorno al puerto

Escribe: Hugo Tafur
        (peruano)
El último pescado que queda en la bolsa es succionado por el potente absorbente. La lancha se bambolea gorda, pesada, cargada sus bodegas del preciado cardumen plateado, mientras el panguero se esfuerza por mantener  la nave “popa a la mar”, los pescadores eufóricos gritan apurando las acciones en un estado de alegría y satisfacción. Pronto comienzan a recoger “el cabecero” y sobre él colocan la panga, la faena casi ha terminado. En el puente, el casmeño don Jorge Stella, patrón de la “Susan VI”, da las órdenes finales y vira “la caña” iniciando lentamente la marcha, esperando que la carga se acomode en las bodegas. El motorista muy atento a estas maniobras, lanza la bomba de sentina que comienza arrojar agua sanguinolenta y fétida.

Pronto se estabiliza todo, y el patrón acelera a “toda máquina” rumbo al puerto, el casco se estremece al imprimírsele el máximo de velocidad  a la embarcación. La tripulación de guardia limpia la cubierta de restos de pescado, una manguera con potente chorro de agua ayuda en este propósito, sacando hasta los pececillos entrampados en los empaletados y rejillas; la fuerza del agua los devuelve al mar, donde pronto, antes de que se vayan “a  pique”, son atrapados por las pardelas y zarcillos que siguen a la embarcación para darse un festín, los recogen de la superficie del mar con sus picos y en pleno vuelo son engullidos en una maniobra difícil.

La guardia de franco envía al primer “cañero” que releva al “capitán” de su puesto. Después de varias horas de travesía parecería que nada ha cambiado, en cualquier dirección sólo agua y cielo; habían pescado bien lejos del puerto y todavía no se avistaba la costa, fiel el motor caterpillar rugía impulsando a la “Susan VI”, mientras la proa viril cortaba el agua y la popa hendida dejaba tras de si una estela de espuma y convulsión por el batir de la hélice.

A lo lejos, una bandada de pelícanos ataca inmisericorde a un “morado”, comen echaditos con glotonería. Luego se les une una bandada de guanays, que cuál aviones en combate se lanzan uno tras otro en picada. En cada zambullida, las veloces aves marinas retornan a la superficie con una anchoveta en el pico, las que inútilmente en su último estertor luchan por librarse de su captor pues rápidamente son tragadas.

En la proa una decena de defines juguetones hacen gala de su gran velocidad y destreza admirable, ora aparecen por babor o por estribor de la nave en desventajosa competencia, pues es evidente su total dominio y versatilidad en el mar. La velocidad y la tracción de la lancha no representa ningún peligro, ya que jamás ni la cortante proa, ni ninguna parte del casco lograrán golpearlos, su velocidad y pericia para nadar es superior a la máquina.

En el puente, “el cañero” de turno otea el horizonte para descubrir tierra, pero una cerrazón pegada a la costa se lo impide; finalmente, decide poner en funcionamiento el radar, la línea radial luminosa le indica veintitrés millas marinas y piensa para sí : “nos falta como tres horas”. En esos momentos la radio pesquera es una conmoción, mensajes de audio encontrados, todos como una gavilla de chicos quieren hablar a la vez, cuando se convencen de su imposibilidad, citan a su interlocutor a otra onda radial.

Mientras, en sus camarotes, el patrón de la “Susan VI” y los pescadores descansan placidamente de la agotadora faena, esta había empezado el día anterior y la suerte no estuvo con ellos, hicieron varias calas pero estaban “piña”; por la noche se buscó un buen “blancor” pero  nada, el pescado estaba con caballas y “corría como los diablos”, quedaba muy poco, apenas unos kilos, hasta que salió la luna y terminó por malograr la posibilidad.

Cuando esto sucede, la frustración cambia el carácter del hombre de mar y lo torna malhumorado, muchas veces hasta agresivo, la fortuna no había estado esa noche  de su parte; con el nuevo amanecer, muy temprano, la mala racha cambiaría, todavía estaba oscuro cuando se presentó la oportunidad y don Jorge “se sacó el clavo”. Avistó una “saltadera”,  la ecosonda marcaba negro intenso y cunda como es, con mucho olfato para este oficio, mandó ¡Arrea!, tendió su cerco con mucha fe y al terminarlo, pidió que “engaretaran” con premura. En cubierta, mientras se terminaba la maniobra, los pescadores golpeaban reciamente la borda  para producir ruido y aturdir al preciado pececillo plateado que buscaba escapar, pronto aparecieron las anillas, la gran bolsa estaba hecha. Ya no había escape.

Don Jorge desde el puente ordenó: ¡Corten, dos bolsas! Y después, la rutina peligrosa de secar la bolsa, “el macaco” gemía con el peso que contenía la red; luego, con “moños” y “retenidas” logran el objetivo, y finalmente, introducen al goloso absorbente que succiona el pescado de la bolsa con agua de mar y lo traslada a las bodegas de la lancha, al pasar por el secador se separa el agua y la anchoveta dando saltos cae en una suerte de convulsión -maniobra que es cuidada celosamente- a fin de cargar la embarcación de modo equilibrado. Luego ¡Torreja!..Rumbo al puerto.

Tiempo después, “el Cañero” desde el puente divisó el “Cerro Chimbote”, “La Isla Blanca”, “Los Ferroles” y “El Dorado”, orientó su proa a la “Bocana Grande” y se desperezó estirando los brazos. Pronto estuvo dentro de la bahía y agradeció a Dios, por haberlos devuelto con bien a puerto. La “Susan VI”, muy marina, en manos expertas se dirige al “27 de Octubre”, lugar donde están las grandes fábricas de harina de pescado y donde se descarga diariamente miles de toneladas de pesca, haciendo de nuestro puerto Chimbote -a costa de la contaminación de su bella bahía- “El puerto pesquero más grande del mundo”, gracias sobre todo, a los recios y valientes pescadores que arrancan con su esfuerzo y vigor  la riqueza ictiológica de nuestro Mar Soberano. Muchas veces a costa de su propia vida. Honor para los valientes y esforzados hombres de mar.

Fotos que ilustran: Tomadas de internet
Chimbote, 14 de agosto de 1963
Archivo BITÁCORA 13 (14.08.63) Chimbote
Revisado para el Blogger (JAPÓN - 11-20110605) Tochigi Ken

sábado, 4 de junio de 2011

El grito del ahogado (Leyenda) - Bitácora 13


La noche se manifestaba profundamente oscura
(Foto internet)
 El grito del ahogado

Por: Hugo Tafur
      (peruano)
Como si el misterio se complaciera en mostrar su negra garganta, el azul del cielo de otros días se presentaba esa noche profundamente oscuro. Densa nubosidad negaba la posibilidad de ver la Luna, y cuando por fin se pudo vislumbrar a la pálida lumbrera, parecía un agujero hecho en la negra bóveda.

El ambiente se había tornado frío y las sombras plagaban por doquier la antigua plaza del pueblo. El viento, al pasar por entre las hojas, susurraba en la copa de los árboles secretos misterios; mientras los búhos y pájaros guarecidos en sus ramas, se reacomodaban buscando protección y abrigo.

Se acercaba la medianoche, y a lo lejos, en las afuera del pueblo los perros ladran y aúllan; otros, flacos y cobardes presintiendo peligro, se retiraban gimoteando a esconderse con el rabo entre las piernas. Dicen los viejos, que los perros pueden ver los “malos espíritus” y que algunos audaces que se atrevieron a ponerse legaña de perro en los ojos, después de lo que vieron, se volvieron locos.

Horas antes, en la plazuela, habían estado sentados bajo los añosos ficus de grueso tallo y nervudas raíces los viejos del pueblo. Solían reunirse algunas noches para “catipar” la dulzura de la coca y charlar de todo; pero aquel día, los que “chacchaban” la verde hoja andina tuvieron una extraña lectura; viejos, cuajados en la sabiduría ancestral, sabían que cuando el “bolo” sabe amargo, “no arma y se vuelve agua" es “mala seña”, por lo que decidieron abandonar la plaza y volver cuanto antes a la seguridad del hogar... junto a los críos. Ellos, en sus torpes actos  mostraban preocupación, se dibujaba en su rostro surcado de arrugas el miedo, el terror... las vivencias de otras veces lo atenazaban… La Luna Llena y pálida, el ambiente profundamente silencioso y triste, el “bolo de coca que no arma”… Los demonios rondan, se decían para sí.


Un grito largo y  lastimero partió el
silencio de la noche (Foto internet)
La plaza del pueblo, después que se marcharon, lucía  vacía, oscura, silenciosa. Los faroles a kerosén  adosados en las esquinas se bamboleaban con el viento emitiendo ese sonido característico del compás de espera, sus luces mortecinas hacían más lúgubre el ambiente; los ficus, en la oscuridad de la noche, parecían gigantes de brazos múltiples moviendo pesadamente su corpulencia al impulso del viento, mientras que de sus ramas, una lluvia de pequeñas y redondas semillas se desprendían, cayendo al piso cual lágrimas de miedo y terror…¿Qué se acercaba?

El viejo García ya había experimentado en otra ocasión este temor e incertidumbre, fue la noche cuando distraído regaba la chacra y el buen viejo Aurelio, su vecino, vino a pedirle que “tendiera el agua” y se fueran a “su ranchito” hasta que pasara la media noche. Algo había presentido, al “chacchar” su coca... “hay malos espíritus” le había dicho. Al día siguiente, en uno de los caminos, muy cerca de ahí, encontraron muerto al Justino, su rostro lucía arañado, como si largas uñas le hubieren tasajeado. Por ello, apenas regresó de la plazuela del pueblo, acostó a sus nietos para que se durmieran; luego, cogió su machete de acero y lo puso cerca de él: “los malos espíritus le tienen temor al acero”, le habían dicho, apagó la luz y se dispuso a esperar, mientras velaba el sueño de los niños. El vivía junto a la acequia "El Tambo”.

En las chacras y huertos vecinos los regadores recibieron apresurados el turno de agua "la tendieron" y se fueron a sus chozas. La noche se mostraba pesada, algo malo flotaba en el ambiente y de seguro ocurriría algo feo a medianoche, se decían.

Las manecillas de los relojes marcaban las doce en punto de la noche y los gong, gong, gong lejanos del reloj de la hacienda lo confirmó…nada se movía, silencio total. En las casas y chozas de los campesinos, los moradores expectantes, respiraban con la emoción contenida y el miedo apretado, mientras el corazón desbordado aceleraba sus latidos. En el poblado, todos habían apagado sus luces, los hombres, aguzaban el oído, atentos a cualquier ruido, dándose coraje y sobrellevando la tensión empuñando alguna arma de acero. Las mujeres en silencio quedo, abrazaban a sus pequeños, mientras aterrorizadas, musitaban una oración o rezaban un Padrenuestro en la oscuridad.

Habían pasado ya varios minutos y parecía que nada ocurriría, impaciente el Braulio, en la oscuridad de la choza, carraspeó como para decir algo. El viejo Artemio, su padre, adelantándose, aconsejó a su hijo y los peones que esperaran un poco más antes de retornar a seguir con su labor.


Taladraba los sentidos y conmovía el alma
(Foto internet)
No terminó de hacer esta reconvención don Artemio, cuando  el silencio en que se había sumido el poblado fue roto como cristal de una pedrada... haciéndo añicos la tranquilidad... Se escuchó un grito desgarrador, que taladró el alma y los sentidos, haciendo que el corazón  latiera como un potro desbocado; las mujeres apuraron el rezo y los hombres corajudos apretaban con el puño el acero... los cobardes, al tratar de hablar tartamudeaban, mientras sus rodillas se negaban a sostenerlo y chocaban entre sí. Un segundo grito largo y lastimero sacudió el ambiente, estremeciendo las bases mismas de las casas y chozas de barro, mientras se percibían pesadas cadenas que eran arrastradas por la calle por donde pasaba el espíritu maligno. Los gritos fueron repitiéndose y escuchándose cada vez más lejanos hasta que se perdieron en la profundidad de la noche. Quienes escucharon “el grito del ahogado”, luego de los momentos de terror vividos se sumieron en una profunda tristeza.

Osados, que en otro tiempo, perdieron la calma y salieron al encuentro del “maligno”, fueron encontrados al día siguiente muertos con un rictus de terror dibujado en el rostro, con el pecho tasajeado como si una bestia los hubiera atacado causándole la muerte con sus garras. Desde entonces, nadie osa salir en noche de Luna Llena, cuando “el ahogado” sale a llorar su muerte desesperada... Yo, ni le agrego ni le quito, lo relato tal cual lo escuché de los viejos de mi pueblo.

Chicama, 20 de Mayo de 1968
Archivo BITACORA 13 ( 10-19680520)
Revisado para el Blogger (JAPÓN 10-20110604) Tochigi Ken   

Unos zapatitos celestes(Caso real) - Bitácora 13

Unos zapatitos celestes

Escribe: Hugo Tafur
        (peruano)
       
Linda la mañana del aquel día, el sol se mostraba esplendoroso bañando con sus rayos de oro el poblado de Guadalupito; la gente rumbo a sus labores, mostraba su contento saludando con mucha deferencia a sus vecinos. En el humilde hogar de la pequeña Dámaris Keila, sus siete hermanos ya estaban despiertos, unos hurgaban la bolsa del pan y los más pequeños se desperezaban aún en el lecho. Su madre, una mujer muy trabajadora, se había puesto de pie en la madrugada a fin de adelantar sus quehaceres domésticos y estar lista apenas amaneciera. Luego de algunas reconvenciones y recomendaciones a sus hijos mayores, besó a sus pequeños y se marchó para embarcarse en la primera “Combi” que salía del pueblo y que lo llevaría hasta el mercado donde expendía verduras, trabajo diario con el cual obtenía el sustento para su familia. Su compañero, el padre de sus hijos, hacía mucho rato que ganándole al Sol, se había ido a la chacra a cultivar la tierra; así, -en este lugar- los niños “crecen solos” expuestos a su suerte.

Aquel día, nada hacía presagiar alteraciones en la rutina familiar, salvo ese pálpito indescifrable del corazón materno que todo lo presiente. Ya instalada en el vehículo miró a través de los cristales hacia su casa, pareciéndole percibir que en la ventana de su vivienda la pequeña Damaris Keila pegada su naricita al vidrio con inocente alegría, se despedía de ella moviendo su manita; no pudo evitar que esta visión le produjera un estremecimiento y que una sensación de frío recorriera su cuerpo, algo le decía que las cosas no estaban bien y quiso bajarse del vehículo, pero luego recordó que su mercadería ya estaba en el mercado y volvió a sentarse, procurando olvidar el incidente, sobreponiéndose de ese “aviso” que sólo el corazón materno capta en el insondable mundo del sentimiento humano.

Pronto el vehículo partió dejando el poblado y se enrumbó por la gran serpiente negra que une toda la costa peruana, la Carretera Panamericana. Guadalupito quedó atrás, también sus cerros, una gran curva cerrada y ahí estaba el Río Santa, con sus aguas turbias y caudalosas camino a precipitarse en el mar. Ese repunte indicaba, que en la Sierra, las precipitaciones pluviales eran copiosas; ante esta vista, una vez más, la incertidumbre y el temor atenazó su alma, algo le oprimía el pecho y sintió tristeza, pensó con miedo en sus hijos y gruesas lágrimas acudieron a sus ojos surcando su rostro hasta hacerla sentir su sabor salobre; ruborizándose luego, al darse cuenta que los demás pasajeros la miraban extrañados. Una anciana vecina, le enjugó el rostro con el dorso de su arrugada mano, y con palabras cariñosas, le endulzó el alma y la tranquilizó.

La “combi” en su trayecto siguió recogiendo y bajando pasajeros, pasó por Santa y luego Coishco, donde los engulló el oscuro túnel que lo une a Chimbote, al salir de el, contemplaron la Luna Llena todavía en el claro cielo y las negras chimeneas de la Planta Siderúrgica, arrojando su rojizo humo metálico, letal para la salud y los sembríos del valle santeño; a la izquierda, el gran cerro de arena parecía adornado por guirnaldas mortecinas del alumbrado público del P.J. “San Pedro”, que todavía no habían apagado; luego, la urbanización “Los Pinos”, “Laderas del Norte”, el Vivero Forestal, el Coliseo “Paul Harris”, el Estadio “Gómez Arellano” y por fin el Mercado “Progreso”.

De inmediato se dispuso a comercializar la verdura que había dispuesto para ese día. La inquietud que lo embargaba no cedía, respiraba con dificultad, trataba de sobreponerse a esa angustia pero todo era en vano, algo misterioso le estrujaba el alma. Por fin se instaló en su puesto, el comercio se manifestó duro, la gente madrugadora pasaba sin comprar. Se consoló diciéndose para si misma: “la gente esta sin dinero” y decidió ofertar su mercadería para retornar pronto a casa, ya que las horas pasaban y era muy lenta la venta.

En casa, los niños, sin la vigilancia de personas mayores, pasaban el tiempo ocupados en un sin fin de juegos que inventaban para distraerse mientras esperaban el retorno de sus padres. La engreída y vivaz Damaris Keila, participaba en todos los juegos, bajo el cuidado y protección amorosa de sus hermanos mayores; así transcurrió la mañana y llegó la hora del almuerzo del cual disfrutaron todos en fraternal algarabía; luego de la modesta comida, los niños mayores, se ocuparon en limpiar y ordenar todo, fue en ese lapso que la pequeña niña se escabulló de la vista de sus hermanos.

Frente a su vivienda hay una acequia que por esos días discurría con mucha agua, la pequeña Damaris se dirigió a ella y sentándose en su orilla introdujo sus pies calzados con zapatos de jebe color celeste, su agradable contacto lo incentivo a introducirlos más para refrescarse, pero ¡oh, temeridad infantil!.. resbaló y cayó en la corriente de agua de la acequia. Sólo tenía tres años cuando esta tragedia ocurrió, las turbias aguas lo arrastraron y en su desesperación evidentemente tragó mucha agua con lodo, convulsionó y poco a poco dejó de luchar. Hora y media después, fue encontrada por un campesino flotando en una compuerta. El hombre la alzó en sus brazos y desesperado corrió con ella en busca del "doctorcito" del pueblo, don Manuel Calle, quién sólo certificó su muerte. El curtido obstetra, conocía a sus padres y conocía a la pequeña Dámaris, pues pertenecían al comedor que regentaba con su esposa, por eso al verla muerta, lloró de impotencia... nada pudo hacer.

Meses después, cuando visité a Manuel Calle, pude percibir un par de zapatitos de jebe color celeste colgados en el techo del Comedor Infantil “Jesús Obrero”, eran los zapatitos que llevaba calzados la pequeña Dámaris Keila, la tarde aciaga. Ahí,  colgados de una viga, eran mecidos por el viento... como avecillas, cuyas alas habían sido quebradas...sin poder volar.

Guadalupito, enero de 1996Publicada en el Diario "Las Últimas Noticias"
Revisada para el Blogger (JAPÓN 09-20110604) Ashikaga Shi